Tijeretazo a la Iglesia
Pero los nuevos inquisidores manejan datos falsos. El Estado no financia a la Iglesia, por lo que malamente puede dejar de hacerlo. El Estado se limita a gestionar las aportaciones de los contribuyentes que voluntariamente deciden que el 0,7% de sus impuestos vaya destinado al sostenimiento de las actividades de la Iglesia, igual que también canaliza hacia diversas entidades el 0,7% de quienes destinan esa parte de sus impuestos a «otros fines sociales». Desde la ley de Presupuestos de 2007 desapareció el complemento presupuestario a la Iglesia, que dejó de depender de las contribuciones del Estado y comenzó a financiarse mediante el esfuerzo de los católicos y de quienes, no siéndolo, apoyan su actividad de asistencia social.
La Iglesia católica obtiene de esa decisión voluntaria (la famosa crucecita de la declaración de la renta) el 25% de su presupuesto. El resto de sus recursos lo encuentra en los donativos directos de los fieles en colectas y suscripciones mensuales principalmente. De esa manera, la Iglesia puede decir que su sostenimiento económico en España «depende única y exclusivamente de los católicos y de quienes valoren la labor que desarrolla». Es asombroso que Tomás Gómez, secretario del Partido Socialista de Madrid, afirme que la Iglesia recibe cada año 253 millones del Estado. No es extraño que, por frivolidades como ésa, Gómez sea un colaborador decisivo en la merma electoral de su partido. Pero desvela la existencia de una corriente de aversión a la Iglesia, acaso porque ignora la generosa labor que hace o acaso porque, conociéndola, le parece que así lustra su antifaz de progre.
Tampoco es extraño que la campaña se avive cuando el Gobierno prepara una reforma de la Ley de Libertad Religiosa que ha levantado preocupación en ámbitos católicos. Estamos ante una agresión calculada por razones instrumentales a una institución que, precisamente por cumplir su mensaje esencial, el amor al prójimo, desarrolla una labor social gigantesca mediante miles de instituciones (parroquias, congregaciones, monasterios, centros educativos…) y sacrificadas actividades, voluntarias muchas veces (asistencia a inmigrantes, a reclusos, a ancianos, a inválidos, a enfermos…), que la sociedad sólo podría suplir parcialmente con un coste imposible de sufragar. Pero la tentación de la demagogia hace estragos; complica mucho las cosas, aunque los estragos que causa tarde o temprano acaban afectando también a los propios demagogos. Es una de esas venganzas de la Historia que se cumplen con precisión milimétrica.
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