Un gigante de la Historia
Escrito por Pedro Beteta. Escritor. Autor de libros sobre Juan Pablo II.(Cortesía de Análisis Digital)
“Después de veinte años de servicio en la Sede de Pedro no puedo dejar de preguntarme: ¿Has mantenido todo esto? ¿Has sido maestro diligente y vigilante de la fe de la Iglesia? ¿Has intentado acercar a todos los hombres de hoy a la gran obra del Concilio Vaticano II? ¿Has intentado satisfacer lo que los creyentes esperan de la Iglesia y el hambre de verdad, que se hace sentir en el mundo, fuera de la Iglesia?”.(Juan Pablo II en el vigésimo aniversario de su elección)
Unas interpelaciones escalofriantes
Hace ya muchos años, un domingo 18 de octubre de 1998, el Papa que acaba de dejarnos, para ir al encuentro del Padre, Juan Pablo II, celebró el vigésimo aniversario de su elección como Pontífice, acaecido el 16 de octubre de 1978. En aquella ocasión como en tantas otras, el Romano Pontífice abrió su alma –comentando las lecturas de la Misa– ante una gran concentración de fieles que habían acudido a la Plaza de San Pedro. Aquella apertura de sentimientos que albergaba en su corazón fue un evento que no tenía precedentes.
Ciertamente, Juan Pablo II nos tenía acostumbrados a abrir su alma cuando la Evangelización lo requiriera pero no de aquella manera. Recordemos que fue al hilo de las palabras de la 2ª lectura de la Misa, en las que el Apóstol Pablo anima a Timoteo a que predique con ocasión y sin ella, lo sintetizó aplicándoselo a él. Genéricamente servía a todo ministerio apostólico pero quiso hacer hincapié, especialmente, al ministerio de Pedro. “El obispo y, con mayor razón el Papa, debe volver continuamente a las fuentes de la salvación. Debe amar la Palabra de Dios”. Y continuaba, haciéndose examen: “Después de veinte años de servicio en la Sede de Pedro no puedo dejar de preguntarme: ¿Has mantenido todo esto? ¿Has sido maestro diligente y vigilante de la fe de la Iglesia? ¿Has intentado acercar a todos los hombres de hoy a la gran obra del Concilio Vaticano II? ¿Has intentado satisfacer lo que los creyentes esperan de la Iglesia y el hambre de verdad, que se hace sentir en el mundo, fuera de la Iglesia?”.
Las preguntas íntimas que el Papa se hacía a sí mismo conmovieron a la multitud que en absoluto silencio le escuchaba. El tono sincero y humilde de sus interpelaciones, así como la evidencia que tenía el pueblo cristiano de que lo había hecho y muy bien, aumentaba la conmoción. De lo que ha supuesto para la humanidad este pontificado sólo se hará en su justa y verdadera medida cuando –pasado un tiempo– se escriba la historia. No obstante la humildad de este Pontífice que ahora nos ha dejado, se puede afirmar sin la menor duda que ha predicado “a tiempo y a destiempo”.
Bien siervo bueno y fiel
Traemos esta fecha a colación porque creemos que las preguntas que el desaparecido Papa se hacía entonces, ahora podemos contestarlas nosotros. Ahora que ha dejado este mundo podemos responder afirmativa y rotundamente: ¡Sí, has mantenido la fe! ¡Sí has sido un maestro diligente y vigilante de la fe de la Iglesia; sí has intentado acercar a todos los hombre de hoy a la gran obra del Concilio Vaticano II! ¡Sí has intentado satisfacer lo que los creyentes esperamos de la Iglesia y el hambre de verdad que albergan los hombres incluso sin saberlo! ¡Sí, Juan Pablo II, lo has hecho todo y muy bien! Seguro que el Cielo te ha salido a recibir como uno de los mejores hijos de Dios y de la Iglesia; como uno de los hombres más enamorados de Cristo, tu único gran Amor.
Ha sido Juan Pablo II un Papa que ha dado varias veces la vuelta al mundo pero que sobre todo ha da dado al mundo la vuelta. Este hombre de Dios, este hombre providencial… nos ha dejado. El infatigable e incasable defensor de la verdad sobre el hombre, descansa ya para siempre junto a sus Amores: Dios Uno y Trino, la Virgen María y San José. Seguro que ha escuchado las consoladoras palabras evangélicas dedicadas a quienes hacen la voluntad de Dios: “¡Bien siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor”!
Pero también ha sido un Papa consciente del valor de su plegaria y de la necesidad de la oración de sus hermanos. En aquella fecha memorable recordaba que “cuando Pedro en Jerusalén es encarcelado para ser, como Santiago, condenado a muerte después de las fiestas, toda la Iglesia rezaba por él. Los Hechos de los Apóstoles relatan como fue milagrosamente sacado de la prisión”. En un clima de conmovedora proximidad espiritual a aquellos primeros tiempos, el Papa añadió que “así ha sucedido muchas veces a lo largo de los siglos. Yo mismo –dijo entonces– soy testigo por haberlo experimentado en primera persona. ¡La oración de la Iglesia tiene un gran poder!”. Es verdad. Muchas han sido las personas que rezaron por él, también no cristianas. Ahora, su intercesión será manifiesta en todos los que le quisimos y vimos en él al mismo Cristo como lo veremos igualmente en quien le suceda en la sede de Pedro.
Con los ornamentos dorados y el cabello blanco flameando al viento, Juan Pablo II revivió aquel 18 de octubre de 1998 el momento de la elección de su predecesor, Juan Pablo I, y de la suya propia eligiendo el mismo nombre que unía los dos Papas del Concilio Vaticano II. Evocó, entonces, con humilde nostalgia agradecida, el gran aplauso siguió a su “aceptación” ante los Cardenales electores del Cónclave.
En otro momento inolvidable de aquellos días de acción de gracias dijo: “he sentido latir junto a mí el corazón de la Iglesia”. También ahora, creo, sentirá latir “de otro modo” a su lado el corazón de la Iglesia.
Un atleta de Dios
Ha batido muchos records pastorales Juan Pablo II. Es el Papa que más ha predicado sin pausas durante casi tres décadas como Vicario de Cristo, recibiendo en la misma Plaza de San Pedro a decenas de millones de peregrinos. Como San Pablo, ha viajado buscando a las almas y conociendo los problemas “in situ”. En consecuencia, ha recorrido más de un millón de Kilómetros en más de 100 viajes pastorales fuera de Italia y casi 200 dentro de ella; y como obispo ha realizado cerca de las 1000 visitas en la diócesis de Roma. Un Papa que ha escrito 14 Encíclicas, leído unas 20.000 alocuciones, beatificado a casi 900 personas y canonizado a más de 400. Ha consagrado a más de 3000 obispos, creado más de 200 nuevos cardenales,...etc.
El Cardenal Herranz decía en los días próximos a la recepción del capelo cardenalicio: “Juan Pablo II ha batido un record del que ustedes los periodistas hablan poco. (...) Para mí es el hombre que más horas ha pasado metiéndose en las escenas del Evangelio, para tratar la humanidad de Cristo con esa intimidad con que lo hacían san Juan de la Cruz o santa Teresa. Lo estamos viendo con evidencia ahora, en que vienen a menos el vigor y la salud de su cuerpo: él es un místico, y tiene la fuerza y el coraje de los místicos”. También es el Papa –continuaba diciendo– que ha batido el record de haber pasado más horas rezando delante del Sagrario. “Si no hubiera sido como es, un hombre enamorado profundamente de Cristo, no hubiera podido hacer lo que ha hecho y lo que está haciendo”.
Ahora, Juan Pablo II, el Sucesor de Pedro durante estos… años nos ha dejado. Por fin, sus fieles colaboradores, que ante el desgaste sin tasa de su vida, por servir a la Iglesia, le recomendaban que descasase y a los que él “con rostro serio” contestaba: para trabajar tengo una vida sólo, para descansar tengo toda la eternidad, habrán llorado y comprendido que llevaba razón; que ha dado su vida por la Iglesia y ahora eternamente descansa en la visión de Dios.
Nunca le importó lo que pensaran de él las gentes y sí dar a conocer a Cristo
Nos ha dejado un hombre que como Cristo a nadie dejó indiferente. Unos –pocos, los sectarios, o los enemigos de la Iglesia– le detestaron, pero la inmensa mayoría le admiraron o amaron. Fue un Papa que creyó en el hombre con todas sus fuerzas; que vivió y creyó en todo lo que dijo. Previó, por su conocimiento del hombre, el futuro efímero de movimientos e ideologías que eran precarias ya que no respetaban la naturaleza del mismo hombre, que erraban en su antropología.
Su libertad fue total. Sólo la Verdad –Cristo– era la Luz que con su esplendor le alumbraba y daba seguridad en su caminar. Nada le importó la imagen que pudiera mostrar si se seguía de la coherencia del ejercicio en defensa del hombre. Se opuso a las posturas democráticas –gregarias– si éstas maltrataban al hombre. En Méjico dirá que toda propiedad privada tiene una hipoteca social y en Estados Unidos criticará el capitalismo salvaje. Ni de derechas ni de izquierdas. Juan Pablo II estuvo, como Cristo, al lado del débil, acompañó al enfermo, defendió la vida del desvalido desde la concepción, hasta cuando la sociedad ve en el anciano un ser inútil defendiendo una cultura de la vida que se oponía a la cultura de muerte que el egoísmo fabrica y justifica. Comprensión total con el pecador pero claridad para diagnosticar y detestar el pecado.
Comprensivo con el hombre pero intransigente con las leyes que el Creador ha dictado a la naturaleza humana. No cedió a las presiones consumistas que pretendían sustituir a Dios en las leyes de la procreación que dirige el verdadero amor aunque dará consuelo al matrimonio que no tiene hijos y siente la tentación de recurrir a técnicas que por conseguirlos desechan vidas humanas y les degrada a ellos aunque pudieran en ocasiones tener eficacia. El utilitarismo, la eficacia, no cambian las leyes naturales del hombre que le ha dado su Creador. Dijo siempre la verdad con la ternura con que acolchan las madres el ejercicio fuerte de su autoridad.
Sería una vulgaridad por nuestra parte haber convivido con un hombre cuya grandeza será –ya lo es– mítica en el futuro y de quien la historia nos ha hecho contemporáneos si no somos conscientes de ello. Con el fin de evitar ser juzgados por la historia como “vulgares” damos paso otro archivo “para saber más” en el que se ofrece una semblanza biográfica cronológica basada en la anécdota, como hilo conductor de la personalidad de este Papa que acaba de dejarnos y que supo tan bien trasmitir contenidos con el idioma universal del gesto.
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